OPINIÓN | CENTENARIO DE ALBERTO HENRÍQUEZ por Luis Alfonso Bueno

Que nosotros sepamos, en Venezuela ningún coleccionista particular de obras de arte había donado un museo -incluida piezas y sede- al patrimonio público. Dicho sea, sin ignorar el importante mecenazgo de Miguel Otero Silva quien para la apertura del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes en 1965 donó 82 pinturas segregando 37 con destino al Museo Regional de Barcelona ciudad donde naciera en 1908.

Alberto Henríquez, empresario coriano, nacido el 24 de agosto de 1919 en el distinguido hogar judío-sefardita formado por sus progenitores don Daniel Henríquez Cohen y doña Eliana López Moreno, hija ésta de don David López Fonseca, quizás el más prominente hebreo de su época en Coro, desde temprano se dedicó a reunir creaciones artísticas de notables autores, cuadros de pintura que localizaba y adquiría de su peculio. En 1980 ya tenía una colección de importancia en la que por nada incluía sus propios trabajos de aficionado de los cuales logró trascender a la mera reseña de un catálogo, el óleo sobre tela de 1976 titulado ¨Parto en el cielo¨. Decidió donar su colección a la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda entonces naciente institución en la que la región falconiana veía perspectivas de integral progreso que era necesario saludar y fortalecer. 

Alberto Henríquez murió en Coro el 31 de mayo de 1990; en su testamento al legar los referidos bienes, sugirió pautas -sin mayores complicaciones- para conservar viviente y útil el museo objeto de su desprendimiento. La comunidad cultural y artística, la Ciudad, la gente toda confió en que así sería.

Una secuela de interpretaciones a la libre, de errores, omisiones y excesos, vino a demostrar -inesperadamente- que la legataria en posesión de ese ¨Caudal de arte¨ se ha portado con ineptitud y casi ha desairado el noble gesto de Henríquez en su cometido social y cultural. Estas mismas son horas en que la dispersión de las obras, el empirismo museístico, la inaccesibilidad al público y otros ingredientes erráticos, signan lo que debería ser mínima ejemplaridad académica y cívica, por no decir de corianismo de feliz dignidad.

Hoy en el Centenario natal de Alberto Henríquez estas palabras no parecen las más apropiadas para saludar su memoria, pero si el gesto culturalmente histórico por el cual nuestro coterráneo se inserta, -incuestionable generoso- en el exigente contexto, es precisamente la espléndida donación del museo, lógico y natural resulta que el recuerdo de su nombre conlleve necesarias referencias a la donación cultural y su suerte.

Que se superen insensibilidades, negligencias y dificultades más imaginarias que reales en la imperativa atención del legado de Henríquez es el deseo racional y ferviente de una conciencia que valora su significado. Este recuerdo tiene el entusiasta rigor de la justicia.

Luis Alfonso Bueno

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