#Opinión SAN ANDRÉS Y LA SRA BACHELET, por Luis Alfonso Bueno

Una pintoresca leyenda oída en nuestra niñez coriana contaba que los Santos en el Cielo cierto día comisionaron a San Andrés para que preparara materiales de una decisión importante, por el pan, la paz y la vida, que todos ellos adoptarían aquel primero de noviembre.

Narra dicha fábula que el Comisionado se echó al hombro- nunca se supo si de buena gana- su simbólica cruz, y se retiró a un pequeño bosque para meditar y cumplir su cometido y que, al saberlo, espíritus inmundos lo asediaron. Entonces cayó en la tentación de contemporizar y fingir , casi contento de ser engañado.

Andrés tardó en regresar a su grupo y cuando lo hizo llevaba las sandalias rotas, su alforja llena de fosforecencias extrañas, su cruz desajustada, convertida en una x según los alfabetos que vinieron después; la cabeza le quedó vacía, nada pudo escribír como no fueran rayas de dudosas mentiras. Al reintegrarse a su grey todos observaron que ya era 30 de noviembre y por piedad le regalaron el día invitándolo a rogar gracia y perdón de Dios.

Cambiando circunstancias, éste recuerdo, ingenuo pero jamás idiota, surge al ver la antológica indolencia de la Alta Comisionada de la Organización de las Naciones Unidas para el tema de los Derechos Humanos en Venezuela, Sra Bachelet, visitadora de nuestro país hasta hace pocos días. En efecto, ante la espantosa desgracia nacional política y social que ahora sufrimos, dicha señora fue enviada a constatar en vivo el infortunio. Pero ha resultado, de palabras, gestos y hechos a la vista del mundo, una banalización alegre de su ilustre presencia: ningún cuidado en originar desaliento en la lucha de un pueblo contra una calamidad nunca antes sufrida.

La pública actuación arroja, entre otras, estás evidencias dolorosas: 1) Que a la Comisionada no le preocupan el abandono, inseguridad y miseria que ha tenido a la vista, siendo aún mayores las que escondiera el Régimen para que no las viera, 2) Que lo testificado a veces bajo llanto, por sobrevivientes a torturas del Régimen o por deudos de numerosos muertos, no la conmueven suficiente ni como ser humano, 3) Que aún encontrándose en nuestro país, el dolor de éste-tal vez presunto para ella- no solo no la entristece sino que no le merece respeto ni turba su estado de ánimo, alegre a tal extremo de impulsarla a bailar un aire rebajador con una pareja, jamás de nuestra heroica juventud venezolana sino de las privilegiadas pandas que la escarnecen.
Mientras Bachelet se burlaba de nuestro país, el Régimen se burlaba de ella, pues a esas mismas horas, sesiones de verdugos contra el detenido Capitán Rafael Acosta Arévalo programaban su muerte en ofrenda siniestra a la Comisionada.

Ni irrespeto, ni blasfemia, ni humor negro están en nuestras preferencias defectuosas; ningún atrasado concepto nos lleva a esperar solemnidades todo el tiempo en cosas como éstas, pero cínicas impertinencias como las aquí descritas por nada encajan en el buen sentido. Entre lo grotesco y lo justo, los venezolanos sabemos y debemos distinguir.-

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