Venezolanos en Argentina: El dolor del exilio y la esperanza de volver a su país

Lejos de casa. Con la añoranza de la familia que quedó en Venezuela, viviendo apretadamente porque buena parte de lo que ganan lo mandan a su país para ayudar a sus familias. Arracimados en una nueva familia, la de la emigración forzada cuya razón es la necesidad, 120 emigrantes venezolanos, cuyo promedio de edad no supera los 35 años, tuvieron su Nochebuena caribeña en la comunidad jesuítica Regina Martyrum, a cuya iglesia acuden en busca de refugio, apoyo y donaciones.

Es impactante observar que en su vasta mayoría son profesionales universitarios, de clase media, que habían comenzado a desarrollar sus vidas cuando la falacia democrática de Nicolás Maduro les asestó un golpe de gracia. Con la escasez, el desempleo, la persecución por no ser parte del partido gobernante ni tener “el carnet de la patria”, tomaron la decisión de irse.

¿Cómo llegaron a constituirse en una colectividad unida en la que no faltan los chispazos políticos? Algunos de los emigrantes apoyaron en su momento al chavismo o confiaron en Maduro, el mandatario que acaba de consolidar otro período en una Venezuela sumida en la miseria y el desconcierto, con una inflación de 1,37 millones por ciento este año y una caída del 18% de su PBI.

Clarín habló con varios de los emigrantes que en la noche del lunes compartieron, como en toda mesa navideña que se precie, el vino y el pan. Hubo platos tradicionales venezolanos: hallaca, pernil, pan de jamón y ensalada de pollo. Y, por supuesto, música del Caribe.

Fue el padre jesuita Leonardo Nardin quien hace un tiempo advirtió que el número de venezolanos iba en aumento en la Iglesia Regina Martyrum, de Balvanera. Lo conversó en la comunidad y se puso a disposición para ayudarlos.

El periodista Gabriel “Gabo” Inojosa, con una maestría en lingüística, trabajó 14 años en el periodismo gráfico en Venezuela, hasta que Maduro empezó a censurar medios críticos. Cuando el diario en que trabajaba cerró, 400 personas se quedaron en la calle. No esperó la debacle política. Llegó hace dos años y medio a Buenos Aires, malvendiendo todo lo que podía para comprar los pasajes. Tiene aquí a su esposa, contadora pública, y a sus dos hijos de siete y un año, y trabaja en una empresa de seguros.

Gabo es el coordinador del grupo, al que la comunidad jesuita le ha cedido una enorme sala para reunirse, juntar las donaciones y tener una computadora conectada a Internet. Allí escriben sus CV y los envían en busca de trabajos temporarios. Hace ocho meses armó un grupo de whatsapp “que es el verdadero motor. Allí se vuelca todo, particularmente si alguno ve una oportunidad laboral. Hay quienes llegaron hace dos meses y ya consiguieron trabajo. Para nosotros es fundamental, porque tenemos que mandar dinero a nuestras familias que quedaron allí”.

Inevitablemente a lo largo de la noche, en la que Clarín charló con varios de los asistentes a la mesa navideña, todos terminan lagrimeando, emocionándose al recordar su tierra, el encuentro con los suyos y lo peor es que no tienen esperanzas de regresar pronto, porque “Venezuela se hunde cada día más”.

“Lo bueno de contar con la ayuda de esta comunidad jesuita tan generosa es que tenemos un espacio para reunirnos; compartimos información y cenamos juntos. A veces somos 80, a veces 120. Esto es una bendición para nosotros. Sobre todo para los recién llegados. Tenemos dos psicólogas que nos atienden gratis y una reflexión diaria del Evangelio. Hacemos nuestras comidas: arepas, pizca andina, cruzado de pollo y res, variedad de sopas…necesitamos este afecto y esta contención”, dice Gabo Inojosa.

Muchas familias comparten departamento para no vivir en hostales. Y si algo queda claro al recoger sus testimonios es que todos son conscientes de que la política ha dividido a los suyos, los ha separado geográficamente y sus destinos se han trastocado por completo. Incluso, no sorprende su extraordinaria resiliencia porque cada uno de ellos, aunque haya llegado con parte de la familia, dejó en Venezuela padres, abuelos, primos, casa, pertenencias, y siente que no es todavía tiempo de quemar las naves.

Para la mayoría de los 120 que compartieron la mesa fue su primera Nochebuena como emigrantes. Es el caso de Carlos Marín, de 38 años e ingeniero en telecomunicaciones, que llegó hace cuatro meses y tiene a su familia en su país. O Emperatriz Matos, de 24 años, administradora comercial, y su novio, Francisco Meléndez, de 26, ingeniero agroalimentario. Comparten con esta cronista su ansiedad por asentarse en algún pueblo de la provincia de Buenos Aires para poder mandar medicamentos y dinero a sus padres. Llegaron hace dos meses.

“Mi familia quedó en Valencia, estado de Carabobo. Tengo un hijo de siete años que es autista. Del Estado ya no puedo esperar nada y es muy difícil poder costear su tratamiento. Yo dejé mi casa. Por la oleada migratoria no vale la pena malvenderla, porque la que vale 70 mil dólares hoy se vende por 10 mil o menos, y un terreno se liquida en 2.500 dólares. Los venezolanos vendemos todo lo que podemos. Por suerte mi familia ya llega en enero”, dice Carlos, que tiene un trabajo temporario como vendedor.

No ve su futuro ligado a Venezuela en el mediano plazo. “La gente ha perdido la fe en las movilizaciones opositoras. Hubo represiones muy violentas. Pero esa fuerza se ha apagado. Sigue habiendo persecuciones, pero más pequeñas, porque los focos de resistencia son pocos. La represión se ha vuelto silenciosa”.

Emperatriz y Francisco son muy resilientes. “Mis padres son educadores, profesores que han dedicado su vida a la educación y cobra un dólar de sueldo cada uno”, dice Emperatriz, con tristeza contenida y una fuerza que ha sacado de flaqueza. “Con dos dólares entre los dos no podían comprar un kilo de carne a seis dólares. Por eso empecé a salir, en temporada de vacaciones hacia Estados Unidos, a trabajar con mi tío. Estuve en Carolina del Sur y en Miami. Entre agosto y septiembre, diciembre y enero, trabajaba como empleada doméstica o pintaba casas, hacía trabajos de mantenimiento, ahorraba y me llevaba el dinero para mi país. Así lograba cambiar de a diez dólares para comprar comida en el mercado negro. La carne sube el mil por ciento cada semana. Pero lo que me preocupa es que mi madre es hipertensa severa; y si no tienes el carnet de la patria o perteneces al partido de Maduro no te dan los medicamentos. Por eso yo tengo que esperar que alguien vaya a Venezuela para enviárselos. Todo está politizado”, concluye con rabia.

Su pareja dice que los consume la ansiedad por mandar dinero a sus padres y sus hermanos. “Hemos trabajado como cajeros en supermercados chinos, repartiendo volantes, pero ahora estamos analizando irnos hacia el interior por mi profesión de ingeniero agroalimentario”, dice Francisco.

El Estado argentino ha sido inusualmente expeditivo con las residencias precarias y los trámites para que los inmigrantes venezolanos puedan asentarse. Es el caso de Adriana Morales, de 34 años, administradora en Recursos Humanos y chef, oriunda de Miranda. Se le llenan los ojos de lágrimas cuando cuenta que su madre vendrá pronto a vivir con ella y su familia. “Es a quien más extraño. Tuve suerte, entré cama adentro con una familia árabe que me permitió ahorrar por completo lo que gano. Así logré traer a mi marido y mis tres hijos. Mi esposo es técnico en refrigeración. Está muy contento porque ya consiguió trabajo en una pizzería. Yo tengo mi radicación y en poco tiempo tendré mi DNI argentino”, cuenta con una sonrisa.

Cuando Clarín le pregunta si sueña con volver, Adriana se emociona: “Venezuela se jodió y me duele mucho. Tendrías que haberle visto la cara a mis niños cuando llegaron a la Argentina y volvieron a comer una fruta, a tomar leche, a probar el cereal. Mi país ha caído muy bajo. No va a mejorar ni en diez años y eso me pone muy mal”.

Quizá de las historias dramáticas a las que accedió Clarín, la más conmovedora sea la de Oswaldo Lozano, de 36 años, ingeniero industrial, y Luisana Tovar, de 26 y también ingeniera. Llegaron hace once meses por tierra. Demoraron 13 días subiendo y bajando de colectivos y trenes. Cruzaron Colombia, Ecuador, Perú, Chile y entraron a la Argentina por Mendoza. En el camino corrieron peligros y les robaron una valija, donde habían guardado dinero y cosas personales para vender. Llegaron a Buenos Aires hace dos meses sin un dólar.

“La de Venezuela es una tragedia. Y la desesperación hace que la gente se vaya caminando. Nosotros vendimos carro, electrodomésticos, laptops, porque teníamos que irnos. Yo soy de Maracay y Luisana (como Lopilato) es de Caracas, pero en mi provincia la delincuencia es muy grande. Las bandas tiene , son líderes que extorsionan, secuestran, matan y los cuerpos de seguridad no intervienen. Trabajé diez años en Hidrocentro que es el equivalente de Aysa aquí. Ahora estoy en una fábrica de ropa. Aquí hemos recuperado una parte de lo perdido”, dice Oswaldo.

Luisana acaba de conseguir trabajo, gracias a su especialidad en ingeniería, en la línea ferroviaria Belgrano Sur.

¿Nunca pensaron en quedarse en otro país que no fuera Argentina? No, dicen a dúo. Oswaldo conoció Argentina en 2014 y se enamoró. “Nunca dudé, porque después de Venezuela, lo más lindo de Latinoamérica es Argentina”, concluye.

Aunque Clarín eludió sumergirlos en el terreno político, consultados sobre el momento en que decidieron irse, Oswaldo y Luisana tienen distinta mirada sobre la situación venezolana. Para ella, el país comenzó a degradarse con el chavismo en el poder, pero él recuerda que “con Chávez no faltaron ni la comida ni los medicamentos”.

La recorrida entre los emigrantes, guiada por el padre Javier Rojas, quien tuvo a su cargo el armado de la mesa navideña, y el periodista Inojosa, concluye con el médico veterinario Henderson López, de 36 años, quien vive hace un año y medio en nuestro país. Alquila con su hermano y una amiga un monoambiente. “Soy de Maracaibo. Mi madre fue directora de un colegio y mi padre, administrador de un cine. Ambos están allá. Mi papá, de 81 años, está muy deprimido. Sus tres hijos nos hemos ido de Venezuela. Además, los (natural de Maracaibo) somos muy regionalistas, arraigados a nuestras raíces y nos gusta estar en familia y tener tradiciones. Por suerte ya tengo trabajo como ayudante en una clínica veterinaria”, dice.

La postal navideña se completó con las conexiones vía Skype que los emigrantes, muy conmovidos, tuvieron con sus familias a medianoche. Los jesuitas decidieron llamar a la cena de Nochebuena: “Navidad en el extranjero”. Lejos de casa, no por elección, sino por necesidad: la de reconstruir su futuro. Brindaron anoche por la esperanza activa, ésa que no se rinde contra viento y marea.

Susana Reinoso – El Clarin

https://www.clarin.com/sociedad/navidad-inmigrantes-venezolanos-dolor-exilio-esperanza-volver-algun-dia-pais_0_YgEnuWJoB.html

Comentarios

comments