Las fotos de las mil palabras

El premio del Worldpress Photo 2018 para el fotógrafo venezolano, Ronaldo Schemidt (AFP), por su magnífica instantánea del joven José Salazar abrazado por las llamas provenientes de la explosión del tanque de gasolina de una motocicleta de los cuerpos represivos gubernamentales, evidencia no solo el hecho de que Venezuela y su larga crisis política, económica, humanitaria y de derechos humanos es uno de los temas de mayor interés noticioso del planeta, sino los riesgos a los que se enfrentan los reporteros venezolanos y extranjeros en un entorno hostil al trabajo de la prensa independiente, particularmente de parte del régimen de Nicolas Maduro que ha convertido en objetivo de su acción intimidatoria a muchos periodistas que han tenido que abandonar el país por amenazas tanto de los cuerpos de seguridad del Estado, como de las bandas paramilitares que proliferan impunemente a lo largo y ancho del país. Los reporteros gráficos como Schemidt saben que el periodismo en las calles de Venezuela se hace con niveles de precaución e incertidumbre propios de un conflicto armado.

Ser periodista independiente en estos años en Venezuela se ha convertido en un verdadero apostolado porque el régimen chavista ha logrado consolidar una asfixiante “hegemonía comunicacional”, un enorme aparato de propaganda dependiente del Estado que tiene secuestrado el espectro radioeléctrico nacional gracias a la acción arbitraria de la institución encargadas de regular el sector, La Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), que utilizando criterios estrictamente políticos revoca concesiones, cierra emisoras y confisca transmisores sin detenerse en “sutilezas” como el respeto al debido proceso. Esa proliferación de medios censurados directamente ha promovido también la autocensura en los pocos que todavía sobreviven, condenados a ser inocuos, superficiales e incluso indiferentes a los reclamos de una población que padece todos los días las consecuencias de la peor crisis humanitaria actualmente en el hemisferio occidental. Si a estas dificultades añadimos los paupérrimos salarios en bolívares que devengan los periodistas en la actual Venezuela hiperinflacionaria, podemos dimensionar las dificultades de los profesionales del periodismo para cumplir con su deber de informar.

Pese a todo, la pasión por la información no cesa. Las agencias internacionales y las redes sociales se han transformado en las únicas alternativas viables para el periodismo libre en estos tiempos oscuros en Venezuela. Cuando los venezolanos quieren saber los que realmente ocurre en aquella República menguante ya no van a los medios de comunicación tradicionales, usan las redes sociales y la tv por cable con canales de noticias internacionales para estar al tanto de la actualidad que les rodea. En el último lustro decenas de medios impresos han tenido que dejar de circular por la falta de papel periódico debido a que el gobierno chavista centraliza su compra en el mercado internacional y asigna cuotas con criterios políticos, castigando a aquellas líneas editoriales críticas e independientes.

Más periodistas buscando protección y libertad fuera de Venezuela

El periodista y videógrafo venezolano Daniel Cáceres presente en Worlpress Photo 2018, especialistas en temas relacionados con la frontera colombo-venezolana y colaborador habitual de AFP, ha vivido en carne propia desde hace años los rigores que impone a los comunicadores el régimen chavista. En su condición de profesional autónomo se ha encargado de cubrir una de las zonas más calientes de la actualidad venezolana, el estado Táchira, entidad andina que se ha caracterizado por una larga desafección con la revolución bolivariana, incluso en tiempos de Hugo Chávez, y una de los más golpeadas por la terrible crisis económica que padece Venezuela.


Daniel Cáceres (izquierda) y Ronaldo Schemidt (derecha) con los pertrechos habituales para el trabajo de reportero en las calles de Venezuela
En esa región colindante con el departamento del Norte de Santander, Colombia, confluyen diversos factores que la convierten en epicentro de atención informativa, todos muy explosivos: contrabando, narcotráfico, grupos irregulares armados y tierra de paso de miles de personas de ambos países y lugar en el que se hace más visible el actual éxodo venezolano: cientos de miles de personas que huyen de la crisis humanitaria en busca de mejores oportunidades, comida y atención médica no solo en Colombia, sino en Ecuador, Perú, Chile y Argentina.

“Informar en la frontera tiene grandes riesgos, hay demasiadas mafias actuando al mismo tiempo y al periodista no lo ven como a un profesional, sino como a un soplón que puede poner el riesgo sus lucrativos negocios ilegales, especialmente cuando participan en todas esas mafias militares y políticos venezolanos. Trabajar allí es como caminar al filo de la navaja todo el tiempo. Es más, cuando cubrimos protestas opositoras también nos miran con recelo y hostilidad por el riesgo de ser fichados por los cuerpos de seguridad del Estado por nuestro trabajo”, destaca Daniel Cáceres, quien añade que el ejercicio de su profesión lo puso en la diana del gobierno venezolano desde hace años “cuando me llegaban amenazas anónimas y directas de grupos paramilitares chavistas en las que me ponían como objetivo militar, dada mi actividad en las redes sociales y mis materiales para AFP. Incluso me llegaron informaciones de que por el hecho de informar formaba parte de una lista de periodistas “traidores a la patria” sujetos a seguimiento y control de mis comunicaciones privadas”.

La comprobación de que esa amenazas tenían fundamento ocurrió el pasado 24 de febrero cuando funcionarios de contrainteligencia militar (DGCIM) lo detuvieron junto a René Méndez (NTN24) en Lobatera, estado Táchira, cuando fueron a reseñar las maniobras militares programadas para ese día. “Luego de identificarnos como periodistas y de que nos dejaran entrar con normalidad, fuimos abordados por funcionarios de contrainteligencia que pese a contar con nuestra colaboración al responder todas sus preguntas decidieron llevarnos detenidos a La Fría, sin mayor motivo que el de mostrar que pueden hacer lo que les da la gana sin respetar ni nuestros derechos ciudadanos ni profesionales. Fueron casi cinco horas de interrogatorio de los que todavía hoy no puedo sacar una razón de tan irregular y abusivo procedimiento. Nos hicieron borrar las memorias de nuestros equipos y firmar una declaración de la que nunca nos dieron copia. Fue un acto abusivo para reafirmarnos que vivimos en una dictadura”, recordó Cáceres que una semana después decidió salir del país en busca de protección a su integridad física. “Llegó un momento en que los abusos y amenazas eran tan reiterados y peligrosos que decidí irme, porque nada es más tristes que acostumbrarse a vivir amenazado por un régimen sin escrúpulos dispuesto a todo para imponer la ley del silencio”, concluyó.

Otro caso reciente fue el del periodista Félix Amaya Jurado quien el 19 de octubre de 2017 sufrió el tercer atentado contra su vida en la ciudad de Coro, estado Falcón, cuando su casa recibió 12 disparos en el momento en que el destacado comunicador dormía con su familia. Semanas antes, el ataque a su hogar fue con cócteles molotov y en 2015 le dispararon sin herirlo cuando caminaba en la calle para amedrentarlo. Su pecado, tener un programa de radio centrado en las denuncias de las comunidades de su ciudad con participación directa de los oyentes mediante llamadas telefónicas sacadas al aire en vivo y directo. Se da la particularidad de que Amaya fue seguidor de Hugo Chávez y defensor acérrimo de la revolución bolivariana. No obstante, el contacto diario con los pobladores de las zonas más deprimidas de su ciudad natal lo convirtieron en una voz incómoda para los representantes regionales y municipales del régimen chavista. Ni la cercanía política o ideológica de Amaya con las autoridades le salvó de la furia liberticida del socialismo del siglo XXI.

Félix Amaya Jurado (a la derecha) haciendo su programa de radio
Amaya Jurado laboró en instituciones y medios oficialistas algunos años hasta que se cansó de trabajar como propagandista del gobierno porque “el excesivo grado de adulación al que ostenta la gran silla y la ausencia de autocrítica me impulsó a dar el salto a las radios comerciales y a apostar por las comunidades, haciendo de la participación sin censura, ni filtros, el estilo de mis programas”. Dicha opción lo llevó a ganar relevancia en un entorno mediático dominado por medios afines al gobierno en el que destacaba su espacio como tribuna de denuncia social. “El hacer visible los problemas de la gente y escuchar sus justificadas quejas nos hizo ganar el respeto y el aprecio de la audiencia, al mismo tiempo que el odio visceral de las autoridades responsables de la solución de sus problemas más urgentes”, añade el periodista coriano, que a finales del año pasado después del último atentado sufrido decidió salir vía terrestre y apresuradamente del país con su mujer y dos niños en busca de protección en Ecuador. Pasado unos meses está agradecido del trato recibido en su país de acogida destacando que “Ecuador en un país acogedor y sobre todo normal. Lamentablemente, Venezuela vive una situación excepcional por la obsesión del gobierno por arrasar todo ápice de libertad e intentar someter a todos a un discurso único y a una economía ficticia que solo beneficia a pocos miembros del chavismo, que además de gobernar mal intentan mantenerse en el poder a costa de cualquier cosa ¿Nos equivocamos votando por Chávez? Si”.

Los reporteros como el premiado Ronaldo Schemidt, Daniel Cáceres y Félix Amaya Jurado representan a esa generación de periodistas venezolanos curtidos en las aguas tormentosas de la revolución bolivariana lejos de la fama del “star system” del periodismo en Caracas, en la provincia, en unas calles en las que en ocasiones ellos se convierten en protagonistas de malas noticias muy a su pesar, víctimas de la intolerancia y la animadversión chavista a la libertad de expresión. En Amsterdam, además de premiar el talento de un periodista venezolano, se reconoció también el gran valor del periodismo independiente para la defensa de los derechos humanos en un país que vive sus horas más oscuras.

Luis de San Martín

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Félix Amaya
Periodista venezolano. Exiliado en Ecuador. Periodista free lance. Egresado en Lic Comunicación Social ULA-Venezuela Máster periodismo iberoamericano Balboa Madrid - España Máster Inmigración y Cooperación Internacional Univ Francisco de Vitoria Madrid - España
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