#Opinión @FerArreaza /// Las lecciones de la Realpolitik

Hace poco tuve acceso a un análisis de una la de las figuras más predominantes en la política de la segunda mitad del siglo XX. Profesor e investigador en la universidad de Harvard, Secretario de Estado de los Estados Unidos entre 1973 y 1977; Consejero de Seguridad Nacional entre 1969 y 1975 y ganador del Premio Nobel de la Paz en 1973. Es de Henry Kissinger de quien estamos hablando.

Este alemán naturalizado estadounidense tuvo un papel estelar en la famosa guerra de Vietnam. Durante esos años dirigió de manera habilidosa la política internacional americana y se ganó la fama de político maquiavélico; un pragmático de pocos escrúpulos, un realista dispuesto a hacer lo necesario con tal de alcanzar los objetivos. El premio Nobel que obtuvo estuvo rodeado de polémica, hasta el punto de provocar protestas por tal designación. Esa fama lo ha seguido durante su vida, aunque hay quienes opinan que se ha exagerado.

Sea cual fuere el caso, el legado de Kissinger dejó una huella a la hora de entender la política moderna. Aun después de su retiro, muchos presidentes han buscado su consejo para diferentes coyunturas. Su método de trabajo está fundamentado en la realpolitik: la libertad de actuar de la manera más eficiente según las circunstancias o escenarios dados, y no bajo ideologías que limiten el abanico de opciones con sus preceptos.

En este análisis que menciono se defiende la posición de que Kissinger sí tenía una filosofía de trabajo. Aunque su fama trascendió como un personaje sin convicciones firmes que limitaran su proceder para alcanzar, administrar y aplicar el poder, la realidad es que la realpolitik no es un concepto peyorativo al cual podamos culpar de formar líderes sin alma. En mi opinión, larealpolitik debería ser al menos considerada en todos los movimientos que pretendan ser eficientes.

Esta descripción de un Kissinger más humano revela, entre varios puntos, dos de sus creencias que describen muy bien el argumento que pretendo construir: Kissinger es un político de esos que tiene los ideales en la cabeza pero la realidad en las manos. Uno de esos políticos necesarios para construir una ruta cuando la situación es adversa. Uno de esos que en estos momentos son importantes en Venezuela.

El análisis expone por un lado que Kissinger entendía como inmoral la idea o la pretensión de ser completamente moral, puesto que la búsqueda de una moralidad absoluta en nuestras acciones nos lleva a la inacción. Es decir, que en la construcción de la respuesta perfecta no respondemos nunca. Esta propuesta, aunque suena dura, encaja incluso desde una perspectiva religiosa; como humanos somos imperfectos y por lo tanto no podemos llevar a cabo acciones perfectas. En el mundo político cada movimiento tiene naturalmente una dimensión pública que pone bajo un juicio mucho más estricto la moralidad de las acciones, por lo que provoca una sensibilidad a esta escuela. Esta no implica necesariamente que se deba actuar con libertinaje, pero si derriba ciertas barreras que muchas veces complican el camino hacia la solución. La política como en la vida no es una simple elección entre lo bueno y lo malo, más bien es una elección entre matices que siempre tendrán efectos inciertos.

La ideología se convierte fácilmente en una camisa de fuerza que impide tomar decisiones, los movimientos necesarios frecuentemente no coinciden con los deseables. Un operador político en una situación de crisis tiene que tener esto muy claro.

Como dijo en 1957 el propio Kissinger: “Aunque nunca debemos renunciar completamente a nuestros ideales, debemos darnos cuenta que no podemos mantener nuestros ideales al menos que sobrevivamos”.

Incluso, esta visión de conocer e internalizar que la moralidad absoluta no existe en la política funciona como medicina para las sociedades que padecen de líderes carismáticos y proféticos. Estos líderes se apoyan sobre la base de una superioridad moral que los enaltece, creando un vicioso lazo afectivo que borra la capacidad de juzgar racionalmente sus mandatos. Una sociedad que entiende que no existen ideologías perfectas puede reconocer los peligros que los líderes carismáticos representan.

Por otro lado, Kissinger tiene una propuesta interesante para desarrollar el concepto de la democracia. Aunque su propuesta se remonta a la década de los 70, el desgaste que hoy enfrentan los sistemas democráticos solamente acentúa la necesidad de encontrar alternativas para reforzarlos.

Este ganador del premio Nobel defendió los intereses americanos siendo crítico del capitalismo. Es decir ¿Creía en el comunismo? De ninguna manera. Más allá de sus creencias sobre cuál sistema económico era más eficiente, Kissinger, en unas de sus tesis explicó el peligro que representaba utilizar argumentos económicos para defender a la democracia como sistema. La lógica es acertada dentro del mundo de la realpolitik, puesto que bajo esos lineamientos, y mezclando la economía y la política, el mejor sistema sería el que mejor resultados económicos arrojara. En ese punto residía el peligro que advertía Kissinger, por lo que propuso “internalizar la libertad aislada de la economía… así las sociedades rechazarían el totalitarismo, incluso si resultaba ser mejor económicamente”.

Este punto me parece neurálgico para Venezuela, puesto que la historia ha demostrado que el apoyo y la aprobación de la opinión pública dependen en gran medida de las circunstancias económicas que tenga nuestro país. Hoy en día no son pocos los que añoran la figura de Marcos Pérez Jiménez, incluso cuando fue una autocracia militarista similar a la que hoy padecemos. Las imágenes mentales de las grandes construcciones y bonanza económica solapan para muchos el perjuicio de ese régimen contra la sociedad venezolana.

Este mal tiene varios síntomas y vale la pena resaltar al menos uno de ellos, uno de los más evidentes. Los conceptos de economía y política están tan mezclados en el imaginario colectivo criollo, que en nuestro panorama actual los economistas confían en que dominan conocimientos políticos y los políticos confían en que dominan los conocimientos económicos. Es normal ver a especialistas en materia económica siendo líderes de opinión políticos y políticos diseñando estrategias económicas.  Esto no es normal, ni recomendable, en otros  lugares del mundo. Con esto no quiero decir que no existen personas capaces de aportar en ambos campos con fundamento, lo que quiere decir es que ser economista no te hace político automáticamente ni viceversa.

Entonces, con este mal de juzgar a la democracia y a los partidos según sus resultados económicos, hay varios peligros latentes. Por ejemplo, grupos del gobierno probablemente estén buscando separar la debacle de su administración, atando el fracaso al período de Maduro en una mano y en la otra enlacen en la mente del venezolano la filosofía de Hugo Chávez con el bienestar ficticio que generó el derroche de la bonanza petrolera, a pesar de ser igual de ineficiente, autocrática y militarista. Quizás en el corto plazo lo importante sea defender la verdad y explicar que el fracaso económico tiene origen en el mandato que comenzó en 1998; pero en el mediano y largo plazo, separar la economía de la política puede ser importante para salvar a la libertad como filosofía de coyunturas adversas que den espacio a otros carismáticos engañosos que pretendan instaurar una hegemonía.

La realpolitik sirve para desmitificar muchas ideas que le dan margen a nuestros problemas. Además de la posibilidad de ser más eficiente, esta escuela enseña a reconocer los peligros rápidamente.

Algunos la ven arriesgada por no tener estamentos filosóficos que moldeen el comportamiento de una determinada manera, lo que la puede volver incierta. Pero como el propio Kissinger también añadió: muchas veces cuando esperamos a la certeza de lo que enfrentamos ya es demasiado tarde.

Publicado en Politikaucab.net

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